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Reseña: ‘La bella y la bestia’, un clásico reinventado con alegría y encanto Cine 

Reseña: ‘La bella y la bestia’, un clásico reinventado con alegría y encanto

Como dice la letra de una de las canciones de La bella y la bestia: “Y puede ser que haya algo más allí”. Desde luego, todos los elementos que ya conocemos están en su lugar. Después de todo es La bella y la bestia… un cuento clásico, con canciones y rimas legendarias, pero también con momentos que inspiran nostalgia, evocaciones visuales de la gloria predigital de Busby Berkeley, Ray Harryhausen y otros maestros del género fantástico.

Sin embargo, este híbrido de acción en vivo y material digital, dirigido por Bill Condon y protagonizado por Emma Watson y Dan Stevens, es más que una nueva versión de carne y hueso (o pelo y cuernos prostéticos) del clásico animado de hace 26 años. También es mucho más que un viaje obligado al océano de los cuentos de hadas pop. Su clasicismo es fresco y no resulta forzado. Su romance no es complaciente ni escaso, se mueve con gracia y deja un sabor de boca limpio y estimulante. Casi no reconocía el sabor: creo que le decimos alegría.

Esto de ninguna manera fue una conclusión preconcebida. Cuando se reviven estos preciados productos —el horrible término que se utiliza en Hollywood— el resultado a menudo es una película mutilada y rígida, pues viejos arquetipos vuelven a la vida, rodeados de llamativos y modernos efectos sintéticos.

Eso fácilmente pudo haber pasado aquí. Nada más vean (o mejor no lo hagan) los horrores que se han hecho con las nuevas versiones de Alicia en el país de las maravillas, Peter Pan y El mago de Oz en años recientes. Además, aunque Disney hubiese hecho un trabajo mucho más convincente que con El libro de la selva, la sola existencia de una nueva versión de La bella y la bestia pudo haber ofendido a los fanáticos del filme animado de 1991. Esa película, un punto cumbre del Disney de los ochenta y noventa, es casi perfecta. ¿Quién podría atreverse a remplazar a Angela Lansbury como la señora Potts?

La única respuesta posible es Emma Thompson, cuya interpretación se une a la de otros grandes actores que dan su voz (y, brevemente, también sus rostros) a los otros objetos de la película. Stanley Tucci y Audra McDonald interpretan al agitado clavecín y el dramático armario; Ewan McGregor e Ian McKellen son el elegante candelabro y el ansioso reloj. Gugu Mbatha-Raw es el agraciado plumero. Su forma de cantar y bromear es tan vívida y natural que casi olvidamos que son objetos que caminan y giran junto a los personajes humanos.

Hay algunos momentos —como una batalla climática vista desde el aire parecida a cualquier otra escena climática de una batalla vista desde el aire; una persecución en el bosque, con lobos— en los que se notan los efectos digitales, y nos percatamos de la fría presencia de los códigos de programación que hay tras las imágenes. Sin embargo, la mayor parte del tiempo el resultado es convincente y, además, mágico. Los espectáculos visuales más impresionantes acompañan a las mejores canciones de Howard Ashman y Alan Menken. “Be Our Guest”, en particular, es una fantasía coreográfica que engloba décadas de historia de Disney (y recuerda a éxitos del pasado como Blancanieves y Fantasía) y de su arte cinemático contemporáneo.

No obstante, la tradición de las películas de Disney, tanto actuadas como animadas, utiliza el espectáculo a favor del argumento. La audiencia a veces necesita sentirse reconfortada y sorprendida; también que la guíen a través de sucesos impactantes y llenos de suspenso para llegar a un final definitivo. La nueva versión de La bella y la bestia, escrita por Stephen Chbosky y Evan Spiliotopolous, actualiza —y hasta cierto punto censura— una historia con un subtexto psicosexual potencialmente espinoso, el cuento de la animalidad de un hombre y la cautividad de una mujer. Él es bestia y príncipe. Ella es su prisionera y terapeuta. Si lo pensamos bien, todo el asunto es un poco perverso y también (por decirlo de manera responsable) un poco problemático.

Las variaciones en torno a ese tema son abundantes. Twilight es una de ellas (Condon dirigió las últimas dos películas de esa saga). Otra de ellas es Fifty Shades of Grey. En este caso La bella y la bestia se aparta de manera decisiva de esos filmes e insiste en el heroísmo y la capacidad de Bella, una joven ingeniosa y amante de los libros que vive con su padre (Kevin Kline) en una aldea francesa que parece salida de un libro ilustrado.

Watson, quien ya es una feminista pionera gracias a su interpretación de Hermione Granger en las películas de Harry Potter, encarna perfectamente la compasión y la inteligencia de Bella. Stevens, quien resulta un guapo insípido como príncipe humano, es un monstruo espléndido sobre todo cuando la timidez y el encanto se asoman entre su furia. El extraño asunto de la reclusión que se convierte en amor verdadero se aborda con suavidad. Si quieres una versión candente y perturbadora de La bella y la bestia, ve la que dirigió Jean Cocteau, o el programa de televisión que salió en los años ochenta. Esta versión es casta y encantadora.

¡Es Disney! Eso significa que habrá un villano y un compinche cómico, quienes se roban muchas escenas antes de enfrentar su destino. Se trata de Gastón (Luke Evans), un exsoldado narcisista y agresivo, y su fiel compañero LeFou (Josh Gad). Gastón está interesado en Bella, y la emoción que demuestra después de que ella lo rechaza contundentemente lo convierten en el símbolo de maldad del filme. Aquí no hay redención.

Pasa de ser fastidioso a malvado cuando atiza la aversión al intelectualismo y la xenofobia de una muchedumbre para cumplir sus objetivos personales. Los residentes del castillo se defienden porque su humanidad está en juego. Pero bueno, tan solo es un cuento de hadas.

Fuente: New York Times

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