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Un silencio que tan solo yo logro entender – A silence that only I manage to understand Blog Historias Literatura 

Un silencio que tan solo yo logro entender – A silence that only I manage to understand

No escucho las risas. Las palabras rebotan y se vuelven ininteligibles y extrañas. El murmullo de nuestra reunión de amigos se dispersa a mi alrededor sin alcanzarme; una barrera aparta cualquier estímulo que me distraiga de él, de su rostro, de sus manos, de sus labios portando una sonrisa encantadora que me hace soñar. Solo eso. Soñar.

Dejo escapar un suspiro cuando la miro. Sentada a su lado. Posando sus manos sobre él cuando conversa animosa, mostrando al mundo unos encantos que yo no tengo y que acaparan las miradas masculinas como leones en celo. Al igual que la de él. Y trago una lágrima de amor que me sabe amarga, que resbala por mi garganta haciéndome pequeña como si fuera el producto de una maldición. ¡Cuántas horas de sueño perdidas, evocándolo al calor que rezuma mi cuerpo cuando lo pienso, cuando el deseo de abrazarlo se hace tan intenso que su piel imaginada se funde con la mía hasta el amanecer! ¡Y cuánto dolor contenido al ser consciente de la realidad, de que es a ella a quien besa al alba bajo las sábanas!

Atrapo una mirada furtiva que se le ha escapado y que se cruza con mis pupilas. Y el estómago me da un vuelco. El gesto que la acompaña me emborracha y me hace sentir nostalgia de lo que no tengo. De lo que nunca he tenido. Y me levanto nerviosa con el pretexto de reponer las bebidas, cuando es aire lo que necesito para poder aguantar hasta el final de la velada sin que vuelva a mirarme. Sin tenerle. Cruzando palabras vacías en una conversación banal cuando yo lo que más deseo es el silencio de su cercanía, esas expresiones mudas que se clavan en el corazón como puñales de amor y pasión, de ternura.

Entorno la puerta de la cocina y apoyo mis manos sobre la mesa con la cabeza baja para recobrar fuerzas, mientras una conversación entusiasta queda fuera, desterrada de lo que conforma mi propio mundo. Solo escucho la música lenta y melodiosa que procede de quién sabe dónde. Y me dejo llevar cerrando los ojos.

Un escalofrío me recorre el cuerpo cuando noto la humedad de un suave beso sobre mi nuca. No me atrevo a girarme, no sé si estoy soñando, soy incapaz de distinguir lo onírico de lo real. Pero sé que es él. Mi corazón está convulso y me lo advierte. Y su olor también. Lo reconozco. Podría reconocerlo entre miles sin temor a equivocarme. Noto sus manos surcando mi cintura hasta abrazarme con suavidad. Su pecho en mi espalda. Su aliento en mi sien. Y algo me dice que no debo hacerlo, que no debo permitirle este contacto íntimo aunque ya me haya derretido por dentro. Ella. No debe traicionarla. ¿O la realidad es que siento miedo de lo que soy, de cómo soy?

Tiemblo. Y percibo cómo sonríe y me aprieta entre sus brazos mientras se contonea al son ralentizado de la música arrastrándome con él. Tengo la garganta seca, estoy agitada, nerviosa. Me pellizco con disimulo para comprobar si estoy despierta… Y unas incipientes ganas de llorar me abordan. De felicidad. De temor. De angustia por defraudarlo.

Su respiración se agita y sus manos se deslizan por mi cuerpo. Con cautela. Con respeto. Una de ellas se posa sobre mi vientre mientras la otra asciende hasta rozar uno de mis pechos, pequeños, excitados. Y comparo. En su nombre lo comparo con la voluptuosidad de ella y me encojo sin poder evitarlo. Pero él no lo apresa. Lo toca y lo acaricia sin ese ímpetu desbocado que despierta lo carnal. Lo hace con amor, con sentimiento. Y mi pulso se acelera confiada al tiempo que poso mi mano en la suya para acompañarlo, para concederle el beneplácito de mi cuerpo.

Un susurro en mi oído afloja mis piernas. Y vuelvo a cerrar los ojos para apreciar su mejilla en la mía, sus dedos acariciando mis labios mientras seguimos moviéndonos al compás de la balada. Quiero sentirlo. No quiero verlo, quiero sentirlo, con el tacto, con la piel. Su boca recorre mi cuello y un reguero de besos diminutos me encienden. Y vuelve a abrazarme al notar que me estremezco. Sin prisa. Sin ansia. Quiere sentirme. También él quiere sentirme.

Me hace girar con lentitud y por vez primera mis pupilas se clavan en las suyas a una distancia que me altera, que forja un nudo en mi garganta cuando leo el mensaje impreso en su mirada. Tengo ganas de llorar. Y él, que lo adivina, se aproxima aún más a mí y muerde mis labios con una dulzura inusitada mientras sus dedos se pierden entre mi pelo. Apretándome contra él, buscando aproximar nuestras caderas. Su sexo en mi vientre. El mío en sus piernas. Y una corriente eléctrica envolviéndonos hasta dibujar un contorno único. Un único cuerpo.

Me sonríe mientras me desnuda y me pierdo en ese gesto sin importarme nada, sin detenerme a pensar dónde estoy ni cuestionarme lo que le ofrezco. Porque derrama amor, con su mirada y con sus silencios. Y eso me convierte en la mujer más dichosa y maravillosa del mundo. Sin complejos. Sin pretextos. Consciente de que tal vez no haya un mañana. Pero sabiendo que tal momento quedará grabado a fuego en lo más profundo de mi alma.

Acaricio su rostro, sus brazos, su torso. Sumerjo mi cabeza en su cuello y en su pecho mientras él pasea las yemas de sus dedos por mi cuerpo como si temiera romperme, como si yo tuviera la fragilidad del cristal. Y dejo escapar un gemido que no acierto a saber si es por puro placer o felicidad. Quiero ser suya. Tenerlo dentro. Fundirnos y que esa conexión me alimente en mis días de soledad. Empaparme de su recuerdo, de su esencia.

Me recorre entera como la ola de un mar en calma. Y termino alcanzando un éxtasis físico y mental que me hace volar, notando la marca de sus dedos y de su boca en cada palmo de mi piel, escuchando retumbar su pulso como un eco en mis oídos, en mi mente, en los abismos de mi corazón.

 

Vuelvo al salón donde todo sigue igual, como si se hubiera detenido el tiempo para darnos tregua sin peligro. Él ocupa asiento junto a ella. De nuevo. Y un atisbo de tristeza me embarga por lo fugaz de mi idilio. Pero me mira. Se abstrae de la conversación y me mira. Y percibo un brillo nuevo en sus pupilas que jamás vi. antes. Y que me dedica en un silencio que tan solo yo logro entender.

Sonrío. Suspiro. Y trago una lágrima de amor. No amargo. Correspondido.

I do not hear the laughs. Words bounce and turn weird and difficult to understand. The whisper of our friends meeting cannot reach me; a barrier sets off any other thing that distracts me from him, his face, his hands, and his lips, which hold a charming smile that makes me dream. Just that: dream.

I let a breath go when I see him. I am sitting by his side. I put my hands on him as he chats vividly, showing the world the charms I lack, which attract the gazes of men as lions in heat. Just as his. And I swallow a teardrop of love that tastes bitter, and slips through my throat making me small, as if it was a curse. How many sleeping hours lost, evoking him to the heat of my body when I think of him, when the desire to hold him becomes so intense that his imaginary skin melts with mine until sunrise! And so many contained pain of being aware of reality, that she is the one who he kisses until dawn under the sheets!

I trap an accidental furtive glance that crosses my eyes. And my stomach overturns. The gesture that goes with it makes me feel drunk and gets me nostalgic of what I do not have. Of what I never had. And I get up, nervous, with the excuse of getting more drinks, when in fact it is air what I need, in order to tolerate the meeting until its over, without letting him look at me again. Without having him. We cross empty words in an ordinary conversation, when what I desire the most is the silence of his closeness, those mute expressions that get stacked in the heart as love and passion daggers, of sweetness.

I cross the kitchen door and place my hands on the table, with my head down, to recover strengths, as the enthusiastic conversation is left aside, outside of my own world. I only hear soft music, and a melody coming from a remote place. I let myself go with my eyes closed.

A shiver goes all over my body when I notice the humidity of a soft kiss in my neck. I do not dare to turn around, for I do not know if I am dreaming. I am incapable of distinguishing dreams from reality. But I know it is he. My heart feels convulsed and warns it to me. And so does his smell. I recognize it. I could recognize it among thousands without being afraid of making a mistake. I notice his hands on my waist until he holds me softly. His chest is in my back. His breath is in my temple. And something tells me I should not do it, that I should not allow him this intimate contact, although I am already melting inside. She. He must not betray her. Or is it that I am afraid of what I am or the way I am?

I shake. And I notice how he smiles and holds me in his arms as he wiggles by the sound of the music, dragging me with him. My throat is dry, and I am unsettled, nervous. I secretly pinch myself to prove if I am awake… And I feel the need to cry, for joy, for fear, for the anguish of letting him down.

His breath agitates and his hands are all over my body, with caution and respect. One of them is over my belly as the other gets over until it brushes against one of my breasts, small, excited. And I make a comparison. In his name I compare it with her curves, and I shrink, without being able to avoid it. But he does not care. He touches it, without the need that passion awakes. He does it with love, with feelings. My pulse accelerates as I put my hand on his hand to accompany him, to give him my body.

A whisper in my ears makes my legs shake. And I close my eyes again to feel his cheek over mine, his fingers touching my lips as we keep on dancing by the soft music. I want to feel him. I do not want to see him, I want to feel him, with my touch, with my skin. His mouth goes over my neck as he gives me tiny kisses, which turn me on. And he holds me again as he notices I shake. Without rush. Without anxiety. He wants to feel me. He also wants to feel me.

He makes me turn around slowly and, for the first time, my eyes stack into his in a distance that gets on my nerves, that makes a knot in my throat when I read the message in his eyes. I want to cry. And he, who guesses it, gets even closer to me, and bites my lips with an endless sweetness, as his fingers get lost in my hair. He holds me against him, trying to get our hips close. His sex is in my belly. Mine is in his legs. And an electric current embraces us until it draws a single shape. A single body.

He smiles at me as he gets me naked and I get lost in that gesture, without caring about anything, without thinking where I am or questioning what I am offering to him. Because he spills love, with his look and his silences. And that makes me the happiest and the most amazing woman in the world. With no complexes. With no excuses. Being aware that there might be no tomorrow, but knowing that said moment will remain fixed in the deepest part of my soul.

I touch his face, his arms, his body. I place my head in his neck and in his chest as he touches my body with his fingertips, as if he had fear of breaking me, as if I was as fragile as crystal. And I moan, which I doubt if it is out of pleasure or happiness. I want to be his. I want to have him inside. I want us to melt and to be fed with that connection on my lonely days. I want to get filled with his memory, with his essence.

He goes all over me as the waves of a calm sea. And I end up reaching a physical and mental ecstasy that makes me fly, noticing the marks of his fingers and his mouth in every inch of my skin, hearing his pulse as an echo in my ears, in my mind, in the abysms of my heart.

I go back to the hall, where everything remains the same, as if time had stopped for us, so that there was no danger. He sits by her side. Again. And sadness arrives for the little time I had for romance. But he looks at me. He isolates himself from the conversation and looks at me. And I notice a new bright in his pupils, which I have never seen before. And he gives me a silence that only I manage to understand.

I smile. I sigh. I swallow a love teardrop. It is not a bitter love. He loves me back.

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